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01:05h. Domingo, 24 de Junio de 2018

TESTIMONIO

Testimonio: Bajo el árbol de la vida

Pasó su adolescencia y juventud en la promiscuidad, sumido en la homosexualidad, hasta que llegó el día en que oyó una voz que le hizo cambiar su vida. Atrás han quedado los días de pecado de este joven colombiano que ha escuchado la Palabra.

Fabio Adrián Acevedo escapó dos veces de la muerte. La primera de ellas fue cuando un hombre trató de quitarle la vida propinándole tres puñaladas en el cuerpo porque no se dejó robar un dinero. Los médicos que lo atendieron le dijeron que se había salvado de milagro.

La segunda vez ocurrió en una discoteca. Dos hombres le dieron a beber un potente somnífero disuelto en licor, se lo llevaron en un taxi y lo golpearon, pero pudo huir corriendo semidesnudo. Así era la vida de Fabio Adrián Acevedo, un hombre que estuvo sumido en el mundo de la homosexualidad durante gran parte de su adolescencia y su juventud, hasta que logró enmendar su camino.

Su familia la forman cuatro personas. Su madre y dos hermanos mayores, un hombre y una mujer. Al padre nunca lo conoció. Sin embargo, como fue el último en nacer, de niño le prodigaron mucho amor y cariño. Por aquella época, a doña Pastora Acevedo, su madre, nunca le llegaron quejas de los vecinos porque fue un niño muy ejemplar.

Desde pequeño acudió a una iglesia evangélica del barrio de Medellín donde vivía. Tiempo después, la familia empezó a cuestionarlo porque no estaban de acuerdo con que se estuviera convirtiendo en un evangélico, pues en el hogar donde creció no había temor a Dios. Entonces, las dudas comenzaron a aparecer en su vida.

En su fuero íntimo, en plena adolescencia, comenzó a sentir atracción por los hombres. Cuando ingresó al colegio, todo se precipitó. Se apartó de las cosas de Dios, es decir, dejó de asistir a la iglesia evangélica para juntarse de lleno con algunos muchachos de su edad que eran homosexuales. Así empezó a conocer ese ambiente y a creer que no era malo tener esa orientación sexual.

Fue en esa etapa de su vida que tuvo intimidad por primera vez con un hombre y, a partir de entonces, comenzó a mostrar su homosexualidad ante su familia y sus vecinos. En su casa respetaron la decisión que había tomado. Su madre le dijo que no se iba a meter en las cosas de su vida, pero con una sola condición.

–Nunca me venga a la casa vestido de mujer–le dijo.

Sin embargo, muy pronto empezaron a escucharse los comentarios en el barrio sobre sus andanzas. Menudeaban las rumbas, las fiestas y las salidas con hombres. A medida que el muchacho se iba involucrando más en ese oscuro mundo, el pecado le hacía sentir que todo estaba bien, se justificaba y hacía caso omiso a las comidillas.

SUS INICIOS EN LA COMUNIDAD GAY

Un gay que le llevaba varios años, lo presentó a los integrantes de la comunidad LGTBI. Así empezó la siguiente etapa de su vida. Consiguió trabajó como ayudante de peluquería y ganaba algo de dinero, pero ansiaba más.

En ese círculo gay era frecuente terminar de rumba en las noches en la autopista que va a la ciudad de Bogotá, la cual pasa por un costado del barrio Zamora. En el lugar comenzaron los malos consejos de sus amigos para conseguir plata por medio de la prostitución. Al principio se resistió, pero el pecado pudo más.

Paulatinamente fue dejando de usar ropa masculina. Cambió su vestuario por prendas de mujer ajustadas al cuerpo. Sus amistades le insistieron para que comprara silicona y transformara sus caderas. La idea de parecerse a una mujer lo sedujo. Luego de aplicarse la silicona, el volumen de las caderas aumentó considerablemente.

Los amigos de andanzas le cambiaron el nombre y lo llamaban “Adriana”; paralelamente, su vida sexual era cada vez más promiscua. Con el paso de los días, las ganancias que obtenía mediante la prostitución aumentaban. El dinero le alcanzaba para inyectarse hormonas y moldear un cuerpo postizo a la medida de sus fantasías.

La euforia de los placeres fugaces que le propiciaban el dinero fácil, las drogas y los hombres con los que pasaba las noches se esfumaba con el amanecer. Tenía que quitarse el maquillaje y cambiarse. Allí constataba que era un hombre por más que tratara de ocultarlo. Entonces, caía en el pozo profundo de los sufrimientos. Pese a todo, él y sus conocidos justificaban sus pecados con excusas.

–Nacimos así, no tenemos la culpa de ser travestis –decían.

La homosexualidad no fue todo para Fabio Adrián Acevedo. Comenzó a fumar marihuana e inhalar cocaína durante las fiestas y estuvo tentado de consumir crack, una droga muy adictiva y peligrosa, pero no lo hizo gracias al consejo de un amigo gay.

ESCAPANDO DE LA MUERTE

Fue en esa etapa que escapó de la muerte en dos oportunidades. La primera vez, un cliente lo apuñaló porque no se dejó robar el dinero que previamente le había pagado por sus servicios sexuales. Los médicos dijeron que un milagro lo salvó. Una vez recuperado de las heridas, sus amistades lo consolaron diciéndole que ese tipo de agresiones era común en el mundo de la prostitución.

La segunda vez en que estuvo a punto de perder la vida se encontraba en una discoteca bailando, cuando intempestivamente dos hombres lo abordaron. Sin que se diera cuenta, le dieron a beber una sustancia disuelta en el licor que le hizo perder la conciencia y se lo llevaron en un taxi. Los sujetos eran dos policías que tenían malas intenciones. Cuando el joven iba a bajar del carro, uno de los atacantes dijo que su teléfono celular había desaparecido; lo buscaron, pero el aparato no apareció por ningún lado.

Al lugar fueron llegando muchos hombres de diferentes aspectos, algunos con armas de fuego en las manos y otros con palos para golpearlo. Uno de ellos le recomendó que devolviera el celular o lo iban a matar. Lo llevaron hasta la orilla de una cañada que desemboca en las aguas del río Medellín para ejecutarlo. Lo desnudaron y confirmaron que no tenía en su poder el celular. Uno de los sujetos le dijo que la única ayuda que le podía brindar era simular que le daba un golpe para que aprovechara y saliera corriendo.

–Corrí unas quince cuadras para salvar mi vida –cuenta muchos años después.

EN BUSCA DE FORTUNA

Los días seguían pasando sin pena ni gloria. Tomó la decisión de viajar a Bogotá para conseguir más dinero mediante la prostitución. En la capital colombiana le tocó lidiar con cientos de homosexuales y meretrices para ganarse unos pesos, los que utilizó para seguir inoculándose siliconas en las caderas.

Después de pasar una temporada en la capital, regresó de nuevo a su barrio, en la comuna Santa Cruz de Medellín. Volvía con algo de dinero y, por esa razón, las amistades de la peluquería donde trabajaba le insistieron en que era hora de colocarse senos artificiales, pero el joven no lo hizo.

El tiempo continuó su discurrir. Más hombres, fiestas, drogas, más veleidades, más pecado. Hasta que ocurrió un hecho que lo obligó a salir huyendo del barrio. No podía pagar una deuda adquirida por satisfacer sus lujos de mujer ficticia.

Viajó al municipio de Amalfi, un pueblo del departamento de Antioquia, rico en oro. Allí se hizo famoso entre los mineros; económicamente no podía quejarse. Sin embargo, en el plano sentimental le iba mal; tuvo un amor no correspondido y se entregó a la bebida. Al poco tiempo volvió a Medellín. Pagó la plata que debía, abrió una peluquería, llegaron de nuevo los clientes a su negocio y el lugar se convirtió otra vez en un antro de perdición.

LA CONVERSIÓN Y RESTAURACIÓN

Cierto día, a Fabio Adrián Acevedo le llegó la noticia de que una de sus tías se había convertido en cristiana. Esa mujer ayudó a que doña Pastora, su madre, y Patricia, su hermana mayor, recibieran de buena gana las enseñanzas del Santo Evangelio y aceptaran al Señor en sus corazones.

Solo de esa forma la sufrida madre comprendió lo que le pasaba a su hijo y supo que Dios era el único que podía liberarlo de las garras del diablo. De ese modo, ella emprendió un período de cuarenta días de fe en ayuno y oración clamando por esa liberación. A ese propósito se unió otra señora creyente que oraba todos los días por el alma del muchacho descarriado.

Fabio Adrián Acevedo pasó los últimos días de esa vida loca en un local que alquiló para una peluquería, contiguo a las instalaciones de una iglesia evangélica en El Playón. El trato de Dios con esta oveja descarriada se consolidó finalmente por la cercanía de su negocio con la congregación. La mitad de sus amigos homosexuales comenzaron a alejarse de su vida por obvias razones: les incomodaba sobremanera que la peluquería estuviera al lado de una iglesia cristiana.

Desde su negocio, el joven escuchaba las predicaciones sin querer. Asimismo, los hermanos entraban en el local en cualquier momento con diferentes mensajes de parte de Dios. La ayuda del Señor para sacarlo de esa condición llegó en el transcurso del 2017. En esa temporada decidió regresar a vivir en casa de su madre después de varios años. La familia en pleno lo recibió con mucha alegría.

Un miércoles de ese año el carro recolector de la basura se llevó todas las prendas femeninas de vestir que guardaba en el armario, porque sintió la voz de Dios.

–Adrián, las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas –dijo la voz.

A medida que su madre tiraba aquella ropa a la calle, él empezó a sentir una especie de liberación. Para terminar con la pesadilla y con ese mundo, le faltaba ganar la última batalla, cortarse la larga cabellera que le cubría toda la espalda.

Pasó varios días cavilando antes de tomar la decisión de cortarse el cabello, hasta que por fin salió de la casa, entró en una peluquería y pidió que le cortaran el cabello. Mientras el pelo caía poco a poco, él sintió alivio. Cuando terminaron de cortárselo, levantó la mirada para verse en el espejo; ya sin cabello, recuerda que exclamó con voz de júbilo: ¡Gloria a Dios!

Fabio Adrián Acevedo nació de nuevo después de haber pasado mucho tiempo en el pecado. Una ardua labor de evangelización de hombres y mujeres había dado sus frutos.

Fuente Impacto Evangelístico