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14:20h. jueves, 22 de octubre de 2020

ENFOQUE

¿En qué creen los que no creen?

El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Juan 3:18).

El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Juan 3:18).

Aquí el apóstol Juan contrapone a dos clases de personas: las que creen y las que no creen. Pero las que no creen, ¿en qué creen? Un filósofo francés del siglo XVII, científico y teólogo,  Blas Pascal, ya dijo en su tiempo: “el que no cree es el que más cree”.

Los que no creen en Dios dicen que la ciencia es capaz de explicar todos los misterios de la vida sin necesidad de recurrir a Dios.

Luego ya creen en algo: en la ciencia atea.

Los que no creen en el origen divino del Universo físico creen en el llamado Big-Bang. Una teoría lanzada en 1913 por el astrofísico y matemático belga Georges Lemaitre y desarrollada por el soviético nacionalizado norteamericano George Gamow, el alemán Einstein y el inglés Hawking posteriormente. Según ellos el universo no fue creado por Dios. Dicen que la masa del Universo condensada en una especie de huevo cósmico explosionó y dio origen al mundo físico que tenemos ante nosotros.

Luego ya creen en algo, en el huevo cósmico.

Los que no creen que Dios hizo al hombre en Edén creen en la existencia de una pequeña célula marina que saltó a tierra y dio origen al espectáculo de la evolución, según escribió Carlos Roberto Darwin en el siglo XIX en su libro “El origen del hombre”. La evolución animal –decía- llegó hasta un cuadrúpedo peludo, provisto de cola y de orejas aguzadas, de costumbres arbóreas.

Luego estos incrédulos ya creen en algo. Creen que primero fue la célula marina y luego el orangután.

Los que no creen que tenemos un alma inmortal creen que nuestra naturaleza está compuesta sólo de átomos materiales. Morimos y desaparecemos definitivamente en la tierra, en el nicho o en el crematorio.

Luego ya creen en algo. Creen en los átomos materiales. Pero ¿quién dio vida a los átomos?

Los que no creen en la inmortalidad del ser humano creen que en nosotros no hay nada eterno. Que la tumba es la última palabra en nuestra vida.

Luego ya siguen creyendo. Creen que morimos como muere el perro, como muere el burro, como muere el animal de donde sale el jamón.

“Bienaventurada la que creyó”, dijo Elisabet a la virgen María. Bienaventurados nosotros los que creemos, porque no estamos condenados según Juan 3:18.

Malaventurados los que no creen, porque ya han sido condenados, según el mismo versículo.

Fuente: evangelicodigital