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05:42h. miércoles, 30 de septiembre de 2020

ACTUALIDAD

El aislamiento y la paradoja digital

¿Se puede reemplazar contacto físico por reuniones virtuales? ¿Hasta dónde podemos adaptarnos a esta nueva forma de conexión? ¿La Iglesia está preparada?

Escuchamos diversas opiniones sobre el aislamiento que algunos países han decidido para enfrentar el COVID-19. En la Ciudad de Buenos Aires, Capital de Argentina, donde vivo se dictó el aislamiento obligatorio desde el 20 de marzo. Los chicos no van físicamente al colegio, los oficinistas hacen teletrabajo. Los comercios, shoppings, cines, teatros y templos permanecen cerrados. No sabemos cuando volverán a abrir. Y además, hay incertidumbre de cómo será la vida en general cuando termine la pandemia.

Antes del COVID-19 la sociedad estaba experimentando cambios profundos. La cultura digital avanzaba uniendo al planeta. Por un lado, estaba transformando los procesos productivos, y por el otro, hábitos de compra y venta de productos, el uso del banco, la forma de trabajar, estudiar, de vincularnos en familia, amigos y la manera de vivir la fe.

El aislamiento cristalizó esos cambios, afianzando lo que ya estaba pasando antes y que sólo algunos se estaban dando cuenta. 

Ahora se multiplicaron las reuniones virtuales, las videollamadas, el trabajo a distancia. Parece que la digitalización de la sociedad es una solución, sin embargo quiero levantar algunos interrogantes:

¿Se puede reemplazar el contacto físico con videollamadas o reuniones virtuales?

¿Hasta dónde podemos adaptarnos a esta nueva forma de conexión?

¿La Iglesia está preparada? Yo, ¿lo estoy?

Este aislamiento nos presenta una gran paradoja. Hace un tiempo experimenté algo similar. Era Julio del 2016. Tenía todo listo. Luego de 2 años de preparación, viajaría a Jakarta Indonesia, al tercer Encuentro de Líderes Jóvenes del Movimiento de Lausana. Iván, mi primer hijo, tenía 3 años de edad y Berenice tan sólo un mes de vida. El esperado viaje sería por 15 días. El sabor era agridulce, porque estaría fuera de casa a 15 mil kilómetros de distancia, en un país y con gente que no conocía. En simultáneo, la experiencia y aprendizaje sería único y marcaría mi vida espiritual como nunca.

Durante el viaje me conectaba al internet de la universidad o en el hotel, y hablaba con Leti mi esposa, como si estuviera a quince cuadras. Nos mandábamos audios, videos, de todo ¡Era maravilloso!

Pero, puedo asegurarte que por más hiperconectado que estaba en el viaje, no hay como mirar a mi familia a los ojos, sentir su calor, escuchar sus risas en vivo y en directo, dar la mema.

De alguna manera esta conectividad ayuda y nos acerca, pero no reemplaza el contacto físico. Cuando llegué al aeropuerto, Iván corrió a abrazarme. Su abrazo fue épico, como dirían los adolescentes porteños. Me corrió una electricidad por el cuerpo. Fue una experiencia que no la pudo reemplazar la excelente conexión que tuvimos por medios digitales. 

El pensador Paul Watzlawick expresó hace tiempo que es imposible no comunicarse. En su libro “Los axiomas de la comunicación” concluyó que todos los comportamientos de los seres humanos son una forma de comunicación. Cuando miramos para otro lado o no miramos, cruzamos los brazos, cerramos los ojos o abrazamos, todo comunica.

El psicoanalista Spitz descubrió que los bebés hospitalizados morían en mayor medida si eran separados de sus madres o figuras de cuidado, en especial cuando esos bebés ya habían generado un vínculo afectivo con ellas. Spitz comprobó también que la estadística empeoraba según la ausencia de cariño o desprecio impersonal proporcionado por las enfermeras a cargo del cuidado. 

Es decir, si los bebés eran tratados con frialdad, por más que recibieran el alimento necesario y el medicamento correcto, esa falta de cariño favorecía a que no se recuperaran.

Al revés, también, podemos decir que si el bebé recibía un contacto afectuoso, junto con la nutrición y tratamiento adecuados, tenía más chances de vivir.

Por otro lado, la neurociencia confirma que estamos programados para conectarnos con los demás. En esa interacción somos modificados y modificamos a los otros. Es un ida y vuelta. Somos seres sociales que necesitan de su comunidad. 

En este nuevo mundo de la hiperconectividad, aprendamos a hiperconectarnos con los demás, siendo aún más humanos. Esa es la paradoja: mientras descubrimos el potencial que tiene la digitalización de las relaciones interpersonales, aún más sobresale la necesidad de mirarnos a los ojos, abrazarnos, besarnos. 

Tomarnos el tiempo de conectarnos con los demás en la realidad física nos transformará en seres humanos humanos. (No me equivoqué. Puse dos veces humanos porque a veces pareciera que siendo humanos funcionamos como máquinas). Te doy un notición: no somos máquinas, somos humanos, y los humanos estamos programados para vivir en sociedad.

La Iglesia del futuro usará la tecnología como nunca antes. Sin embargo, para cambiar la historia tenemos que vencer la paradoja e imitar más a la primera comunidad de cristianos que a las películas de ciencia ficción (que de hecho, ¡me encantan!). Tenemos la oportunidad de reconectarnos a lo esencial y cambiar la historia.

El verdadero amor, la empatía y las relaciones saludables son más poderosas que el wifi.

Fuente: evangélico digital